Dependencia Emocional
A veces nos preguntamos qué ha pasado con nuestros deseos, pero apartamos la pregunta y la sustituimos por la satisfacción de estar cumpliendo los deseos de aquellos otros que nos importan. A menudo pensamos que no nos prestan atención, y a cambio doblamos la atención que reciben de nosotros. Nos colocamos a su servicio, sometiendo nuestra valía a su satisfacción: nos miramos en ese espejo y nos gustamos si lo que nos devuelven les gusta a ellos. Evitamos los conflictos, porque tenemos miedo de que ofendan al otro y nos rechace por ello. No nos parece buena idea decir que no, aunque sea lo que nos gustaría decir. En vez de construirnos una forma de ser, sentir, pensar o comportarnos que nos satisfaga, construimos una que satisface a los demás.
Desde pequeños, empezamos a establecer vínculos emocionales que determinarán los que estableceremos con las personas que nos rodean en el presente. Los seres humanos registramos todas las emociones que se mueven a nuestro alrededor durante nuestra crianza, y la educación o modelos emocionales que recibimos hasta los 7 años, determinan gran parte de nuestro carácter (aquella parte de nuestra forma de ser, pensar, sentir y actuar que se activa casi como si de una respuesta automática se tratase).
El contexto sociocultural actual continúa empleando la manipulación afectiva como un mecanismo para obtener sumisión y obediencia, redundando en el hecho de que nos acostumbremos a normalizar la creencia de que para evitar perder el afecto de quienes nos importan, debemos renunciar a aquellos intereses que no cuadren con los que ellos tienen para nosotros. Y así, sin entenderlo ni cuestionarlo, aprendemos a conceptualizar el cariño/amor como enganche, sumisión y admiración a la otra persona, y no como un intercambio recíproco de afecto entre dos individuos de igual valía.
En ocasiones esta forma de relacionarnos no es experimentada por nosotros como un problema, y entonces es sólo una característica más; en ese caso no conforma un trastorno psicológico. Pero otras genera un malestar, fundamentalmente en las relaciones interpersonales, que no sabemos cómo manejar o cambiar sin afrontar un proceso de cambio dirigido por un profesional. Este malestar puede prensetar en forma de insatisfacción, vacío, irritabilidad y puede conducirnos por diversos vericuetos psicológicos, todos ellos con el temor enfermizo al rechazo del otro como núcleo común.

