La Separación como batalla y su repercusión en el menor

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En un contexto de separación o divorcio, una de las reacciones más frecuentes de los hijos es experimentar un conflicto de lealtades entre ambos progenitores, considerando que deben favorecer a uno de los dos. Cuando ambos progenitores logran asumir su nueva situación, buscan una forma sana de facilitar la adaptación de sus hijos a las nuevas circunstancias.

No obstante, en algunos casos, los progenitores inmersos en sus propios problemas, confunden el interés del menor con el suyo propio. Un ejemplo extremo es el controvertido Síndrome de Alienación Parental (SAP). El psicólogo R. Gardner lo definió como "un trastorno que surge principalmente en el contexto de las disputas por guarda y custodia. Su primera manifestación es una campaña de difamación contra uno de los padres por parte del hijo, campaña que no tiene justificación. El fenómeno resulta de la combinación del sistemático adoctrinamiento (lavado de cerebro) de uno de los padres y de las propias contribuciones del niño dirigidas a la denigración del progenitor objeto de esta campaña". Aunque el trabajo de Gardner está ideológicamente sesgado y es, desde nuestro punto de vista, fundamentadamente criticado por ello, no deja de describir un proceso que los psicólogos que trabajan en el contextod e separaciones conflictivas se encuentran a menudo.

Se trata de un proceso en el que el progenitor que ejerce la acción alienadora sobre el menor (frecuentemente, abusando de su posición de custodio) interfiere gradualmente en la relación del hijo con el otro progenitor, dificulta de forma sistemática sus contactos, le excluye de la toma de decisiones, le oculta aspectos importantes del desarrollo físico y social del menor, etc. Conjuntamente, efectúa ante el niño una campaña de desprestigio contra el otro progenitor y ensalza su propio sacrificio como cuidador. Su objetivo es romper el vínculo entre el menor y el otro progenitor. El menor es víctima de una programación que consigue que poco a poco incorpore los postulados del alienador a su sistema de creencias y genere una fuerte dependencia hacia él.

El progenitor no favorecido observa cómo su hijo le percibe como un ser detestable cuya sola presencia es una agresión, y a quien se debe atacar continuamente por las razones más triviales. Con la misma intensidad con la que le expresa su animadversión, aprovecha cualquier oportunidad para mostrar adoración hacia el otro progenitor. Poco a poco, la hostilidad se extiende a todo lo que tenga que ver con él, incluida la familia extensa. El alienador ha conseguido su objetivo: el niño ya ha asumido su odio como propio, autoelaborado, y su conducta es coherente con ese sentimiento y expresará siempre que pueda su deseo de no ver más al progenitor alienado.
Instaurado el SAP en el niño, el alienador puede cesar la programación y adoptar el rol de progenitor bienintencionado que nada puede hacer para suavizar el odio que su hijo siente hacia el otro progenitor.

Si el profesional que valora la situación del niño en ese momento desconoce los antecedentes de su "no quiero verle", podría considerar conveniente cesar sus contactos con el progenitor alienado. Además de un empobrecimiento de su desarrollo, esto supondría que la persona que ha abusado emocionalmente del menor (generándole un SAP de graves consecuencias en el futuro) se convertiría en su único modelo, al mismo tiempo que desaparece el único mecanismo de contraste de realidad que tenía (el progenitor alienado).