Cuando la Ansiedad es un problema
La palabra ansiedad procede del latín anxietas. Originariamente, designaba una sensación molesta de "estrechez" o "estrangulamiento". Es una respuesta emocional que se manifiesta cuando evaluamos el entorno como amenazador, o consideramos que desborda nuestros recursos, poniendo en peligro nuestro bienestar.
Por tanto, es una emoción normal, probablemente una de las más universales y básicas del ser humano. Nos prepara para la acción y nos ayuda a enfrentarnos al problema en cuestión. Sus síntomas se manifiestan en 3 niveles diferentes:
- A nivel fisiológico: se produce un aumento de la activación que se traduce en sofocos, taquicardia, tensión muscular, sudoración, sensación de "mariposa" en el estómago, náuseas, hipervigilancia e insomnio, micción frecuente, diarrea, dilatación pupilar, rubor o palidez.
- A nivel conductual: la gama de conductas observables que podemos emitir en estas situaciones va desde la hiperactividad a la paralización motora, pasando por movimientos torpes y desorganizados, movimientos repetitivos, fumar, comer o beber en exceso, dificultades de expresión verbal, llanto y conductas de evitación o alejamiento de la fuente de ansiedad.
El rango de ansiedad que se puede experimentar oscila desde una respuesta adaptativa (eficaz) a un trastorno incapacitante (ineficaz). Si la ansiedad nos ayuda a mejorar nuestro rendimiento para enfrentarnos a la situación, se trata de una respuesta adaptativa. Pero si la reacción de ansiedad es desproporcionada en comparación con la situación que la desencadena, o si nos bloquea, nos impide hablar en público o realizar cualquier otra función necesaria para nuestro buen funcionamiento cotidiano, es desadaptativa. Entonces, dependiendo de la intensidad, la frecuencia y recurrencia de los síntomas, puede transformarse en un trastorno clínico, como las crisis de pánico, las fobias o los trastornos de ansiedad generalizada.
En estos casos se hará necesaria la intervención de un especialista que abordará el trastorno en función de los síntomas dominantes, que no son los mismos para todos. Las técnicas farmacológicas (ansiolíticos) son de uso frecuente y, aunque pueden resultar muy útiles porque reducen los síntomas muy rápidamente, no nos enseñan a controlar la ansiedad, con lo que no solucionamos el problema el cual, atenuado, continúa presente. Por eso la intervención debe acompañarse de técnicas psicológicas que nos enseñarán a controlar la ansiedad y a enfrentarnos con éxito a aquellas situaciones que la provocan.

