Agresiones a nuestros hijos

Usar puntuación: / 0
MaloBueno 

Con el comienzo del curso escolar ha resurgido el problema del acoso escolar y, al salir a la luz en los medios de comunicación, han saltado las alarmas. Este tipo de violencia cada vez es más intensa y las consecuencias más graves, por lo que es preciso analizar los factores principales de este fenómeno social.

Bullying es un término inglés con el que nos referimos al acoso o maltrato entre iguales y que normalmente se produce en el medio escolar. Lo habitual es que un grupo de personas se dediquen al acoso, persecución y agresión a otra; normalmente afecta aproximadamente a un 25% de los alumnos y lo más habitual es que sean los de 3º de la E.S.O. (13 y 14 años), los que más sufren y ejercen este hecho.

Los chicos a esta edad suelen ejercer una violencia física con sus compañeros; las chicas llevan a cabo una violencia verbal y de exclusión, es decir, dejan de lado a algunos compañeros; ambos con el fin de causar miedo, dolor o daño a la víctima, ejerciendo el abuso de poder. Este abuso puede ser físico, psicológico (burlas, motes, amenazas), relacional (aislamiento, extender rumores) y/o económico (exigir dinero o cosas, robar).

Analizando al agresor, nos encontramos con que suelen ser grupos de chicos o de chicos y chicas; conflictivos, que no se identifican con el colegio, habitualmente con problemas familiares y sin supervisión y control por parte de sus padres. A veces hay consumo de drogas y alcohol. Como consecuencia, obtienen satisfacción al reafirmar su posición de liderazgo ante el resto de los compañeros. Las víctimas normalmente tienen rasgos que les pueden hacer vulnerable: timidez, diferencias físicas, llevarse bien con los profesores, ser un "empollón".
Los efectos más comunes en ellos incluyen ansiedad, fobia al colegio, aislamiento social, baja autoestima, depresión y, a largo plazo, una inestabilidad emocional que le puede traer consecuencias posteriores, al llevarse a cabo en una etapa del desarrollo donde se sientan las bases de la personalidad adulta.

El acoso se da es en cualquier centro y en cualquier parte de él, aprovechando que no está el profesor; o también en los alrededores del centro o los lugares de ocio. Ante esto, la víctima y el resto de los iguales permanecen como meros espectadores. No se hace nada ya que existe miedo a hablar y a que las consecuencias sean más graves.

Los padres, tanto de los acosadores como de los acosados, tienen que preocuparse por sus hijos, hablar con ellos, saber quiénes son sus amigos, qué es lo que hacen cuando no están en casa y tener una disciplina no excesivamente estricta pero sí con normas y límites claros. Los padres de las víctimas tienen que estar al tanto de posibles síntomas: nerviosismo, problemas de sueño o falta de apetito, disminución del rendimiento escolar, miedo a ir a clase... En cuanto se tenga algún indicio hay que investigarlo al detalle, escuchar, no culpar al niño, darle apoyo, comunicarlo al colegio y proporcionarle una seguridad apropiada. Los padres de los maltratadores tienen que estar involucrados en la vida de sus hijos, conocer cuáles son las actividades que realizan, no ser permisivos ante cualquier conducta violenta que pueda desarrollarse en casa y, por supuesto, dar ellos mismos ejemplo y no llevarlas a cabo.

El Centro debe estar muy sensible al problema, admitirlo y enfrentarse a él. Activar las normas de disciplina, cuestionar de modo anónimo a los alumnos, abordar el tema en las tutorías grupales o individuales, establecer escuelas de padres, poner supervisores o vigilantes en el recreo, pero sobre todo intervenir rápida, directa y contundentemente.

No hay que olvidarse que lo más importante de todo es la prevención, los padres nunca deben ser agresivos delante de sus hijos y nunca admitir en ellos estos comportamientos. Desde la guardería hay que educar en valores: no se puede pegar, insultar ni herir los sentimientos de otro niño, así como la necesidad de expresar emociones.