Objetivos para el nuevo año

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Continuamente tenemos que resolver problemas a lo largo de nuestra vida. La mayoría de las decisiones de las personas no son de gran importancia aunque es normal plantearse objetivos a conseguir en el año que iniciamos: perder esos kilos de más, salir más de casa, aprender inglés, que los niños ayuden más en casa, ahorrar para que uno pueda irse de vacaciones...

Esto habitualmente provoca que tengamos que buscar soluciones, ¿no? Lo normal es que se tomen decisiones más basadas en el sentido común que en la razón, y eso hace que en ocasiones podamos encontrarnos con un problema mayor cuando las soluciones se buscan en el momento crítico, impulsivamente y no como prevención a lo que pueda suceder. Además nos podemos encontrar con el extra de la falta de tiempo para resolverlo y la tendencia es a buscar fórmulas salvadoras que hayan funcionado en el pasado; ¿pero es ésta la mejor alternativa? No siempre.

Ante tanta duda y la necesidad cotidiana de tomar decisiones y solucionar problemas es importante dar algunas orientaciones. No siempre será posible aplicarlas, pero en muchas otras, sí serán de gran utilidad:

En primer lugar hay que definir el problema, no obsesionarse por todos los problemas que a uno le rodean o por todos los objetivos a cumplir. Hay que desechar los que no tienen solución, no son realistas o son muy generales. Podemos preguntarnos ¿Por qué ocurre el problema?, ¿Dónde está ocurriendo?, ¿Qué es lo que ocurre? ¿A quién perjudica? Cuando el problema es complejo, es mejor dividirlo en partes para buscar solución a cada uno de ellos y también asignarles prioridades, bien porque tengan que ser urgentes o necesarios.

También hay que conocer el papel que tiene cada uno en la solución del problema o a la hora de establecer los objetivos, así como las distintas alternativas de resolución. Es útil involucrar los demás, recurriendo a dar cuantas más soluciones posibles a dicho conflicto, ya nos encargaremos posteriormente de depurarlas y elegir la mejor. Cuando se recogen ideas es sumamente importante no emitir juicios de valor sobre ellas: simplemente escribirlas a medida que las oye.

Posteriormente habrá que valorar todas esas alternativas y para ello es bueno preguntarse ¿Qué solución tiene más probabilidades de resolver el problema a largo plazo?, ¿Cuál es el más realista para abordar por el momento?, ¿Cuentas con los recursos necesarios para conseguirlo?, ¿Son económicos y accesibles? ¿Tienes tiempo suficiente para llevarlo a cabo?, ¿Cuál es el riesgo de cada alternativa?, ¿Hará que me sienta bien después? ¿Perjudicará a terceras personas?.

Una vez que se elija la opción más adecuada (sabiendo que quizá no nos satisfaga completamente, pero si que más que el resto) hay que valorar cómo se va a llevar a cabo e idear un plan de acción, comunicándolo a las personas que puedan verse afectadas. Sin tardar demasiado tiempo hay que llevarlo a la acción.

Periódicamente es bueno observar los resultados obtenidos comparándolo con los objetivos planeados y programados. Si el plan no se cumple del modo esperado, habrá que reconsiderar si el plan era realista, si los recursos son suficientes, las prioridades convenientes... planteándose la posibilidad de modificar el plan. No hay que desmotivarse si los objetivos no se cumplen en este momento, ya que estamos aprendiendo a resolver problemas y el cambiar la forma de actuar, de una parte más impulsiva a otra más racional, puede costar.

Por último, hay que verificar si el problema se ha resuelto o no. Una de las mejores formas de comprobar esto, consiste en continuar con la vida cotidiana implantando este nuevo hábito sin que lo demás se vea perjudicado o, si ha sido un problema puntual, valorar si nos sentimos satisfechos con lo conseguido.

Ahora ya no hay excusas, una vez conocido todo esto, sólo queda ponerse manos a la obra. ¡Mucho ánimo!