Imprimir
PDF
05
Enero
2010

Nuestros hijos y sus miedos

Usar puntuación: / 0
MaloBueno 

Una de las frases habituales entre los padres y madres es "Mi hijo tiene miedo". Podemos encontrar niños/as que se asustan ante gente disfrazada, al ver a un perro, ante un globo que explota o no querer irse con un extraño.

Esto preocupa a familiares y profesores y puede dificultar el desarrollo de la vida cotidiana: al no poder descansar, tener que abandonar una fiesta, quedar en evidencia delante de otras personas, etc. Las situaciones son innumerables e influye, tanto el ambiente en el que se desarrolla el niño, como el tipo de educación que recibe de sus padres y madres o la experiencia que a su corta edad ha podido vivir.

La mayor preocupación de los padres y madres es ver la angustia del niño y la impotencia de no encontrar una solución eficaz y rápida. Lo primero a tener en cuenta es que debemos preocuparnos por qué hacer pero más aún por qué no hacer. El comportamiento del miedo en los niños, es similar al de los adultos, si bien en niños son frecuentes y bastante comunes entre muchos de ellos. Por lo tanto se pueden considerar "normales", por lo que no hay que alarmarse y pensar que existe ningún problema grave en el niño. Esto es bueno para los padres y madres ya que pueden abordar el problema con mayor tranquilidad y no sentirse culpables por lo que está sucediendo. Además los padres deben tener unos conocimientos básicos de cómo actuar ante los miedos, su prevención y cómo no agravarlos.

El miedo es una respuesta natural ante situaciones que pueden resultar amenazantes, bien de forma real o imaginaria. Decimos que es normal, porque la reacción no se aprende, es universal y produce un cambio a nivel fisiológico y emocional común a todos los seres humanos.

Se puede considerar que los miedos y la ansiedad son beneficiosos para la supervivencia del ser humano, ya que prepara al organismo para reaccionar ante una situación peligrosa y por lo tanto, en los niños, esto es igual. La sudoración, el mayor consumo de oxígeno en las células, la tensión de los músculos, la aceleración cardiaca, la respiración rápida, etc., preparan a nuestro organismo para una situación especial. Las respuestas del niño consisten en llorar, gritar y agitarse intensamente para llamar la atención de los adultos que son quienes habitualmente pueden resolver el conflicto debido a la corta edad de aquellos. Esta es la forma que él tiene para solucionar el conflicto. Si es de noche, está acostado y de repente se enciende una luz intensa, gritará, llorará y saldrá corriendo a buscarnos. Si esta luz intensa realmente hubiera sido un fuego, esa reacción le podría salvar la vida. El problema aumenta cuando no se calma o no se habitúa a determinadas situaciones cotidianas. Es importante saber cómo actuar ante los miedos.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que los miedos cambian por lo que los padres y madres deben fomentar la prevención y superación de los mismos dotando al niño de la autoestima necesaria, así como el comportamiento prudente ante situaciones peligrosas. Por ejemplo, el niño no debe tener miedo a las escaleras, tiene que sentirse capaz de bajarlas y saber que no tiene por qué ocurrirle nada, pero si ser prudente al bajarlas.

Para prevenir los miedos hay que cuidar los modelos que se le presentan, no amenazar con cosas temerosas ("que viene el coco"), educarles para que sean prudentes, no ser superprotectores, cuidar las películas o videojuegos que ven, desdramatizar las situaciones temerosas de la vida (y los adultos en ese caso somos los mejores modelos que ellos ven) y actuar siempre con la mayor tranquilidad posible.
En el caso de que un miedo aparezca, habrá que actuar con tranquilidad si está en la crisis: hablar con tonos bajos, ritmos y movimientos pausados, dar apoyo afectivo y contacto físico, entrenar con juegos los comportamientos correctos de reacción, dejarle que se enfrente a los pequeños miedos y que se acostumbre a ellos él solo, felicitarle por cualquier avance en la superación de sus miedos, convencerle de que no hay que avergonzarse por tener miedo, ofrecer modelos correctos de cómo actuar, e ir aproximándole al estímulo provocador de miedo de forma progresiva, en un ambiente de agrado y bienestar.

Por último, en el caso de que esto se mantenga, sea frecuente o muy intenso, se puede consultar con un profesional que oriente si, finalmente, estos miedos dejan de ser normales.

Autor: Elena Arderius