El duelo en adolescentes
La pérdida de un ser querido es una de las experiencias más duras que el ser humano debe afrontar a lo largo de su existencia. La elaboración de dicha pérdida se conoce como proceso de duelo, y se desarrolla en varias fases[1]: la fase de impacto, que dura desde unas pocas horas a una semana y en la que el sujeto no es consciente de lo sucedido y actúa semiautomáticamente; la fase de "repliegue" o depresiva, que dura desde semanas a meses y en la que aparecen conductas casi depresivas, irritación y aislamiento; y la fase de recuperación, que llega al cabo de seis meses o un año y en la que se retorna al nivel de funcionamiento previo. Esta última etapa suele coincidir con el aniversario del suceso, lo que suele provocar una intensificación de los sentimientos de tristeza que dura unos días y marca el final del duelo.
Cuando el duelo afecta a un adolescente, hay que tener en cuenta que en esta etapa el sentido de la realidad está bastante desarrollado, pero aún no se ha alcanzado la madurez. Es una etapa caracterizada por la confusión emocional; el adolescente no sabe cómo enfrentarse a la muerte. Es frecuente que no comparta sus sentimientos y se vea impelido a comportarse como considera que lo haría una persona “madura”, manteniendo el tipo ante los demás. Especialmente si ha fallecido una figura parental, intentará disimular sus propios sentimientos para no aumentar el dolor de los demás familiares. Percibirá que su familia necesita su apoyo. Esta percepción se contrapone al deseo evolutivamente normal de despegarse del núcleo familiar, con lo que entrará en juego el sentimiento de culpa. Además, el adolescente percibe la muerte como algo que le hace único, diferente de los demás y teme que la expresión de su dolor le convierta en emocionalmente débil a ojos de sus iguales. Por esta razón inhibirá sus sentimientos ante ellos, quienes además no suelen haber sufrido experiencias de este tipo y no suponen una fuente eficaz de apoyo, ya que su desconocimiento del tema les hace sentirse impotentes y pueden reaccionar como si el hecho no hubiese ocurrido. Por otro lado, enfrentarse a la muerte por primera vez conlleva una reflexión existencial profunda que puede concretarse en una concepción extremista de la realidad del tipo “el futuro no existe y debo preocuparme sólo por disfrutar del presente”, con las consecuencias comportamentales que esta noción puede acarrear (abandono de los estudios, evasión de la realidad mediante consumo de tóxicos, etc).
Como consecuencia de todo lo expuesto, puede ocurrir que el adolescente aplace su duelo, congelándolo, y no llegue a completar la elaboración necesaria para alcanzar la fase de recuperación. Por ello su cuidador debe vigilar los siguientes signos: síntomas de depresión, dificultades para dormir, impaciencia, baja autoestima, fracaso escolar o indiferencia hacia las actividades escolares, deterioro de las relaciones interpersonales, conductas de riesgo, alardes de fuerza y madurez, etc. La presencia prolongada de alguno o varios de estos signos pueden indicar que el proceso de duelo se ha complicado y es necesaria la intervención de un profesional que valore la situación y facilite su elaboración.
María Álvarez. Col. M-16185
[1] VARGAS SOLANO, R. E.. Duelo y pérdida. Medicina legal. Costa Rica, sep. 2003, vol.20, no.2, p.47-52. ISSN 1409-0015.

